Historia

Arquitectura vernácula y paisajes olvidados (III): El Convento de la Madre de Dios

Convento Madre de Dios/Fernando Negrete Sosa
Convento Madre de Dios / Fernando Negrete Sosa

Este edificio fue fundado por San Pedro de Alcántara en 1540

FERNANDO NEGRETE y NOÉ CONEJO

A tres km de Valverde de Leganés emerge una construcción modesta de extensión considerable que bien puede considerarse una clara expresión de la arquitectura franciscana de la Extremadura arrayana. El Convento de la Madre de Dios – también conocido como de La Encarnación – fue fundado por el propio San Pedro de Alcántara en 1540 y durante más de cuatro siglos mantuvo una relación muy estrecha con la comunidad y concejo de Valverde de Leganés.

El edificio presenta las características propias de un cenobio: pequeñas celdas para el descanso, refectorio de banco corrido, claustro articulador del espacio interno, hospedería adosada en la cara norte y una iglesia donde realizar las obligaciones espirituales marcadas por la respectiva regla. A ello hay que sumarle un complejo sistema hidráulico exterior que permitía el mantenimiento de una extensa huerta. La fábrica está compuesta de muros de mampuesto, habiéndose reservado los elementos más nobles para la construcción de la iglesia. Esta es el espacio más amplio del interior del Convento. Contaba con cuatro naves con bóveda de crucería y dos capillas laterales que en su día estarían delicadamente revestidas con brillantes y coloridos estucos. En el suelo y pared de estas dos capillas fueron enterrados varios personajes del Concejo de Valverde, quienes a lo largo de su vida habían contribuido con donaciones y fundaciones pías. Uno de ellos fue José de Alburquerque Hurtado y Mendoza, sobre quien estamos siguiendo también la pista. En una de estas capillas se encontraba un inmenso relicario – hoy totalmente desaparecido – donde se hallaban insertos en buenos oros y platas huesos de santos de gran veneración procedentes de las Catacumbas de Roma, como de los papas – y también santos – Esteban, Aniceto, Zenón y Sotero. De hecho, se conserva hoy la bula dada por el papa Clemente VIII en 1601 por la cual se concede Indulgencia Plenaria a todos los que con fe devota rezaran delante de tales reliquias. El altar mayor estaba engalanado con un amplio retablo de mampostería cuyo espacio central estaba reservado para la veneración de la titular, Nuestra Señora de la Encarnación, la cual contaba con un camarín también ricamente decorado. Por el lateral izquierdo del altar se accedía a esta última estancia, cuadrangular y con una cúpula de linterna. Aún hoy se pueden apreciar en ella las pinturas murales a los evangelistas, algunos motivos florales y a San Pedro de Alcántara predicando por campos extremeños.

Una gran historia

Alejado y rodeado de silencio, los muros conventuales respiran historia por doquier, como así muestran las múltiples inscripciones y pinturas halladas en corredores y en el claustro. Y no es para menos, pues esta comunidad franciscana tuvo una importancia vital en el desarrollo de la espiritualidad de Valverde de Leganés e incluso en el vecino reino de Portugal. Prueba de ello es la labor asistencial de los monjes en la enfermería que ellos mismos regentaban y que estaba situada en la esquina del cruce entre las actuales calles de la Goleta y La Fontanina. El espacio no debió ser muy grande, pero contaban con una capilla y coro en la que los monjes podían hacer cómodamente sus ejercicios espirituales. Hoy conocemos el inventario de sus bienes, pues cada cierto tiempo debían presentarse ante sus respectivos superiores. Los monjes también estaban presentes en las ceremonias religiosas de Valverde, oficiando los entierros de la Hermandad de la Vera Cruz e incluso predicando algunos sermones de la Semana Santa, como el sermón del descendimiento que se celebraba la tarde del Viernes Santo. Dado su recogimiento y buen hacer, la comunidad de religiosos también asistía a algunas ceremonias de las parroquias de La Albuera, y de las entonces portuguesas de Olivenza, de San Jorge de Alor y la lejana Villareal, donde celebraban la misa del domingo y días festivos a favor de las Ánimas del Purgatorio, por nueve dineros españoles y los gastos de viaje y pernocta.

Convento Madre de Dios
Convento Madre de Dios / Fernando Negrete Sosa

Sin entrar en detalle en las disputas entre españoles y portugueses por la imagen de Nuestra Señora de la Encarnación – historia bien explicada en Tras las Huellas de un Pueblo (Fernández Caballero 1999 535-544) – podríamos decir que en general las relaciones entre el Convento y la corona portuguesa fueron buenas. No obstante, las guerras entre España y Portugal tuvieron negras consecuencias por la ubicación fronteriza del Convento. Saqueos y destrucciones – conservamos la lista de elementos robados – hicieron que el edificio tuviera que ser reconstruido en varias ocasiones. Sin embargo, también los portugueses contribuyeron a tal hecho, como así prueban las ofrendas y donativos recibidos del otro lado de la Raya para su restauración después de las respectivas guerras. Incluso la reina Mariana Victoria de Borbón y Farnesio, esposa de José I de Portugal dejó en testamento una limosna anual que era cobrada religiosamente – y nunca mejor dicho – por el Padre Guardián del Convento. Así mismo, los propios monjes estaban exentos del pago de derechos aduaneros cuando realizaban el peditorio de la limosna en tierras portuguesas, encontrando a veces más problemas con las autoridades castellanas que con las vecinas extranjeras.

Sufre vandalismo

Todos estos datos se encuentran recogidos en una valiosa documentación que hoy se conserva en el Archivo Histórico Nacional; y que está también siendo revisada con la intención de reconstruir lo más fielmente posible la historia de este lugar tan singular. Como hace más de cuatro siglos, hoy sigue reinando el silencio entre las paredes de este edificio extramuros de nuestra localidad. La lejanía y la soledad contribuyeron al paulatino proceso de degradación iniciado tras su desamortización en tiempos de Mendizábal. Sin embargo, este arruinamiento ha aumentado considerablemente en las últimas décadas. Es triste conocer que esta construcción del siglo XVI – y a pesar de los enésimos intentos de protección – siga siendo objeto de vandalismo y de graves acciones de expolio que aceleran el proceso de su deterioro.

La conservación es responsabilidad de las autoridades locales y los vecinos

La conservación no solo es una responsabilidad de las autoridades competentes, sino también de la localidad y de sus habitantes. Todos deben reconocer desde el primer momento los elementos que definen su propia esencia y velar por su conservación. Esto implica que somos nosotros mismos los que debemos advertir de los abusos y prácticas poco legales, para así contribuir a frenar la degradación de nuestro patrimonio, que es la base de nuestra identidad.